POSITION PAPER · ESTUDIO ALLÁ
Lima, mayo de 2026
Más allá del metro cuadrado
Por qué Lima debe dejar de medir su naturaleza con la regla equivocada
Santiago Roose · Estudio Allá
«El mapa no es el territorio.» — Alfred Korzybski
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I. Tres metros y medio
La Municipalidad Metropolitana de Lima publica una cifra que se ha vuelto liturgia. Lima tiene 3.5 metros cuadrados de área verde por habitante. La Organización Mundial de la Salud, dicen, recomienda 9. Lo ideal serían 11. El gráfico circula en presentaciones, en notas de prensa, en planes de gobierno. La conclusión que extrae el público es obvia: Lima es una ciudad pobre en verde y necesita más metros cuadrados.
La conclusión es falsa por tres razones distintas. La primera es que el estándar no existe. La segunda es que, aunque existiera, no aplicaría a Lima. La tercera es que el verde que se produce bajo ese paradigma está activamente erosionando la posibilidad de un verde funcional. Este documento desarma esas tres premisas en orden, y propone qué deberíamos medir en su lugar.
El mito de los nueve metros cuadrados
La cifra de 9 m² por habitante atribuida a la OMS no aparece en ningún documento oficial de la organización. Investigadores que han buscado la fuente original durante años han llegado al mismo resultado: la referencia no existe. Lo que sí existe es una recomendación general de que las ciudades monitoreen el indicador como herramienta de seguimiento, sin proponer un valor específico. Estamos frente a una citación circular —un dato que se repite porque se ha repetido— que migró de un manual a otro hasta consolidarse como autoridad sin tener fuente.
Eso por sí solo no invalidaría la cifra: podría ser una buena heurística aunque no tenga origen institucional. El problema es más profundo. El metro cuadrado por habitante es un indicador agregado que no distingue entre un parque que infiltra agua y captura carbono y un cuadrado de césped regado con agua potable que solo consume recursos. Pesa lo mismo un humedal natural que un macizo ornamental. La métrica es ciega a la función.
La literatura urbanística contemporánea lo reconoce de manera explícita. Más del noventa por ciento de los estudios revisados en los últimos años incorpora métricas complementarias —accesibilidad, distribución espacial, calidad, servicios ecosistémicos, satisfacción del usuario— porque el indicador per cápita por sí solo no informa decisiones. Es un titular, no una política.
Una ciudad desértica midiendo como si fuera Berlín
Aún si el estándar fuera legítimo, Lima no es la ciudad para la que fue pensado. La clasificación climática de Köppen-Geiger ubica a Lima en la categoría BWh: desierto subtropical cálido. Es la segunda ciudad desértica más grande del mundo después de El Cairo. La precipitación anual oscila entre dos y doscientos milímetros, dependiendo de la zona y el año, frente a los seiscientos de Berlín o los más de dos mil de Singapur. Las gotas de agua que se forman en nuestro cielo no llegan a llover: la combinación entre los Andes que bloquean la precipitación y las aguas frías del Pacífico genera una estabilidad atmosférica tan extrema que la humedad permanece suspendida como neblina y se evapora sin caer.
Eso significa que cada metro cuadrado de césped sembrado en Lima no es equivalente a un metro cuadrado de césped sembrado en una ciudad con régimen pluvial normal. En Berlín, la lluvia cubre setenta por ciento de la demanda hídrica del verde urbano. En Lima, el cien por ciento debe ser importado: agua del Río Rímac extraída a centenas de kilómetros, potabilizada con energía, transportada por kilómetros de tubería, y dispersada con aspersores sobre superficies que en gran parte la evaporan antes de que las raíces la absorban. La factura ecológica es brutal.
La tarifa que SEDAPAL aplicará desde 2026 a entidades estatales es de S/5.80 por metro cúbico. Con un consumo conservador de 1.5 metros cúbicos por metro cuadrado al año —un césped urbano promedio en Lima— los aproximadamente treinta millones de metros cuadrados de áreas verdes de la provincia consumirían cuarenta y cinco millones de metros cúbicos anuales solo en irrigación. Si Lima persiguiera el mítico estándar de nueve metros cuadrados por habitante —noventa millones de metros cuadrados para sus diez millones de habitantes— el consumo alcanzaría ciento treinta y cinco millones de metros cúbicos al año. Para una ciudad cuya fuente principal depende del deshielo andino cada vez más incierto.
En 2020, el costo total del mantenimiento de áreas verdes en Lima Metropolitana ya ascendía a doscientos cincuenta y seis millones de soles. Estamos pagando una factura ecológica y económica enorme para perseguir un estándar que no existe, aplicado a un ecosistema que no le corresponde.
El experimento Riad como advertencia
Mientras Lima debate sus tres metros y medio, Arabia Saudita ejecuta el experimento más ambicioso de greening desértico del siglo: el programa Green Riyadh, con presupuesto de veintitrés mil millones de dólares, busca multiplicar el verde per cápita de 1.7 a 28 metros cuadrados por habitante mediante la plantación de 7.5 millones de árboles regados con una red dedicada de aguas residuales tratadas que procesa más de un millón de metros cúbicos diarios. Es la apuesta más grande de la historia por el indicador per cápita en un contexto árido.
Los primeros resultados académicos son inquietantes. Un estudio reciente de la Universidad King Abdulaziz constató que los árboles plantados no prosperan como se esperaba. La plantación masiva no garantiza ecosistema. Lima no puede permitirse esa lección: no tenemos veintitrés mil millones de dólares ni la fuente energética de un petroestado para sostener errores conceptuales a escala monumental.
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II. El ecosistema que ya tenemos y no contamos
Aquí aparece el hallazgo más incómodo del análisis, y el que debería reordenar todo el debate público sobre el verde en Lima.
Las Lomas costeras son ecosistemas únicos del planeta —solo Perú y Chile los albergan— que se activan estacionalmente entre junio y octubre por la captura biológica de la neblina del Pacífico. Las Lomas de Lima alcanzan veinte mil hectáreas en años normales y hasta setenta mil durante eventos El Niño. Están distribuidas en diecinueve de los cuarenta y tres distritos de la ciudad. Capturan agua atmosférica sin infraestructura, albergan un banco genético de especies cultivables —papa, tomate, oca, quinua, caigua— y son hábitat de fauna y flora endémicas como la flor de Amancaes. No requieren riego. No requieren mantenimiento. Se regeneran cíclicamente desde tiempo profundo.
Veinte mil hectáreas son doscientos millones de metros cuadrados. Divididos entre los aproximadamente diez millones de habitantes de Lima Metropolitana, son veinte metros cuadrados de ecosistema funcional por habitante. Más del doble del supuesto estándar OMS. Y se trata de un ecosistema que no consume agua potable, no genera costo de mantenimiento, no requiere infraestructura externa y produce servicios ecosistémicos —captura de agua, secuestro de carbono, regulación climática, biodiversidad, valor cultural— de un orden de magnitud superior al de cualquier parque convencional.
Si Lima decidiera reconocer las Lomas como infraestructura verde de la ciudad, dejaríamos de ser un caso vergonzoso del ranking latinoamericano y pasaríamos a estar por encima del estándar internacional. Sin plantar un árbol. Sin gastar un litro de agua potable. Sin invertir un sol adicional.
Y, sin embargo, no las contamos. Las Lomas no aparecen en el inventario oficial de áreas verdes de la MML. Se las clasifica como zonas de protección paisajística en el plan de desarrollo urbano, pero no se las suma al indicador que define cuán verde es la ciudad. Mientras tanto, entre 2009 y 2020 perdimos novecientas sesenta y ocho hectáreas de Lomas —el equivalente al distrito entero de Miraflores— por invasión, tráfico de terrenos y negligencia institucional. Estamos destruyendo, literalmente, el ecosistema que podría resolver nuestro déficit, mientras gastamos centenas de millones de soles persiguiendo un estándar artificial sobre césped que consume el agua de la sierra.
Es la imagen más nítida de la fractura conceptual: una ciudad que riega con agua potable un césped que no le corresponde, mientras pierde el bosque de neblina que sí le pertenece.
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III. Hacia un Índice de Infraestructura Ecológica Funcional
La crítica solo es legítima si propone reemplazo. Lo que sigue es un esqueleto operativo —el Índice de Infraestructura Ecológica Funcional, IIEF— que podría sustituir al indicador per cápita como métrica rectora de la política de verde urbano en Lima. Cinco dimensiones, cada una con métricas concretas, ponderadas según relevancia para el contexto costero peruano.
Dimensión hídrica · peso sugerido 30%
Mide el balance entre agua consumida y agua captada por unidad de área. Un metro cuadrado de jardín de cactáceas costeras consume aproximadamente 0.2 metros cúbicos de agua al año. Un metro cuadrado de césped con aspersores consume 1.5 a 3 metros cúbicos. La diferencia es de hasta quince veces. Bajo el IIEF, un metro cuadrado de xeriscape nativo equivaldría funcionalmente a quince metros cuadrados de césped en términos de sostenibilidad hídrica. La métrica también incorpora capacidad de infiltración —fundamental ante eventos El Niño— y, en zonas de neblina, captura atmosférica.
Dimensión térmica · peso sugerido 20%
Mide cobertura de copa arbórea y reducción de la isla de calor urbana. Estudios empíricos en ciudades análogas demuestran que la cobertura arbórea bien diseñada reduce la temperatura ambiente entre dos y cinco grados centígrados. El Plan Local de Cambio Climático de Lima 2021-2030 identifica las olas de calor como uno de los peligros prioritarios. La cobertura de copa, medible con herramientas como el Green View Index del MIT Senseable City Lab, es un indicador más relevante para el bienestar urbano que la superficie horizontal de verde.
Dimensión biológica · peso sugerido 20%
Mide porcentaje de especies nativas, índice de biodiversidad de Shannon, y velocidad de colonización espontánea —la métrica que en otros trabajos he denominado Índice de Colonización: cuánta vida reclama una superficie sin que nadie la haya plantado. Un parque que solo sostiene césped y palmeras importadas es, biológicamente, un desierto verde. Un fragmento de Loma o un jardín de especies nativas que recibe insectos, aves y mamíferos sin intervención humana es, en términos funcionales, infinitamente más valioso por unidad de área.
Dimensión de acceso · peso sugerido 20%
Aquí proponemos una adaptación de la regla 3-30-300 desarrollada por Cecil Konijnendijk: tres árboles visibles desde cada vivienda, treinta por ciento de cobertura de copa por barrio, espacio verde de al menos media hectárea a menos de trescientos metros. La regla es relevante porque la experiencia cotidiana del verde —su accesibilidad peatonal, su visibilidad desde la ventana— produce más bienestar mental y físico que la suma agregada de metros cuadrados en distritos lejanos. Para Lima, dada la fragmentación de su tejido urbano, esta dimensión puede ser la más urgente.
Dimensión de resiliencia · peso sugerido 10%
Mide la capacidad de la infraestructura verde para absorber eventos climáticos extremos sin colapsar ni generar daños colaterales. Un césped inundado por lluvias El Niño es un foco de mosquitos y un dren saturado. Un jardín de lluvia diseñado absorbe, filtra, recarga acuífero. La resiliencia se mide por velocidad de recuperación post-evento y por el aumento de complejidad sistémica después de la crisis. Es lo que Nassim Taleb llama antifragilidad: aquello que no resiste el estrés sino que se beneficia de él.
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IV. Caminos posibles
Este documento no es un ataque a la Municipalidad Metropolitana de Lima ni a las instituciones que han llevado adelante el trabajo del verde urbano en condiciones extraordinariamente adversas. Es, por el contrario, un esfuerzo por dotar a ese trabajo de un marco conceptual a la altura de lo que la ciudad necesita.
La Ordenanza N° 1852 que rige la gestión del verde en Lima contiene principios sobre los que ya se puede construir: gobernanza participativa, conservación, protección. Lo que falta es el aparato métrico que dé sentido a esos principios bajo las condiciones específicas del desierto costero peruano. Hay tres líneas de trabajo que podrían iniciarse de manera inmediata, sin reformas legales, solo con voluntad técnica.
La primera es metodológica: actualizar el inventario oficial de áreas verdes para incluir las Lomas como infraestructura ecológica. Esto reposicionaría a Lima en el mapa internacional y obligaría a redirigir esfuerzo institucional hacia su protección efectiva, en lugar de hacia el mantenimiento de superficies ornamentales que el clima no sostiene.
La segunda es operativa: SEDAPAL ya reutiliza treinta y cuatro millones de metros cúbicos de agua residual tratada al año para riego, y opera veintiún plantas de tratamiento con capacidad total de seiscientos cincuenta millones de metros cúbicos. La política pública debería volver obligatorio el uso de agua tratada para riego de áreas verdes nuevas y, progresivamente, para todas las existentes. El caso piloto que Esmeralda Corp y la Municipalidad de San Juan de Miraflores desarrollaron junto a Aquafondo y la cooperación alemana demuestra que es técnica y socialmente viable.
La tercera es conceptual: incorporar el IIEF —o una versión adaptada por las instituciones académicas peruanas— como métrica complementaria al per cápita en la próxima actualización del Plan Metropolitano de Desarrollo. La PUCP, la Universidad Nacional Agraria La Molina y SERFOR tienen el conocimiento técnico para hacerlo. Faltaría únicamente la voluntad de la autoridad de pedirlo.
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V. La pregunta correcta
La discusión pública sobre el verde en Lima se ha estancado en una pregunta equivocada: ¿cuántos metros cuadrados nos faltan? La pregunta correcta es otra: ¿qué tipo de relación queremos sostener con el ecosistema sobre el que está construida nuestra ciudad?
Una ciudad que riega césped con agua de la sierra mientras destruye sus Lomas para construir invasiones es una ciudad que no ha entendido dónde vive. El verde no es ornamento. Es infraestructura. Y como toda infraestructura, debe medirse por lo que hace, no por su extensión sobre un plano.
Lima no necesita más metros cuadrados de verde. Necesita más metros cuadrados de Bioma Latente reconocido, suturado y custodiado. El desierto costero peruano es uno de los ecosistemas más singulares del planeta. Diseñar para él, en lugar de diseñar contra él, no es una elección estética. Es una decisión política sobre el tipo de ciudad que pretendemos heredar.
El estándar internacional dice que necesitamos nueve. La realidad dice que ya tenemos veinte —si aprendemos a verlos. Y que cada año que pasa sin contarlos, perdemos hectáreas que ningún presupuesto futuro podrá restituir.
Esa es la conversación que falta. Esta es nuestra contribución para iniciarla.
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Santiago Roose
Artista visual, paisajista y director creativo
Estudio Allá
Fuentes consultadas
Browning, M. et al. (2024). Measuring the 3-30-300 rule to help cities meet nature access thresholds. Science of The Total Environment, 907.
Cai, B., Li, X., & Ratti, C. (2019). Quantifying Urban Canopy Cover with Deep Convolutional Neural Networks. MIT Senseable City Lab.
Konijnendijk, C. (2022). Evidence-based guidelines for greener, healthier, more resilient neighbourhoods: Introducing the 3-30-300 rule.
Municipalidad Metropolitana de Lima — Subgerencia de Gestión Ambiental. Análisis de la situación actual de las áreas verdes y arbolado urbano en Lima.
Nieuwland, B. & Mamani, J. (2017). Las lomas de Lima: enfocando ecosistemas desérticos como espacios abiertos en Lima metropolitana. Revista Espacio y Desarrollo, PUCP.
Roose, S. (2026). Bioma Latente: cuatro herramientas para diseñar con la trama. Estudio Allá.
SEDAPAL (2025). Estructura tarifaria 2026 aprobada por SUNASS.
SUNASS (2025). Resolución de estructura tarifaria Sedapal 2026.
Wetlands International LAC. Infraestructura Azul-Verde para la Adaptación al Cambio Climático en cuencas peruanas.
Estudios PUCP-INTE sobre islas de calor urbanas en Lima y brecha climática distrital.